sábado, 4 de diciembre de 2010

El primer pipí

Efectivamente, hoy Leo ha hecho pipí sentado en el váter. Su primera vez, ¡qué ilusión!



Está a punto de cumplir los dos años y de pronto lo veo TAN mayor... Snif.

Estoy muy contenta por cómo ha sido todo. No le hemos presionado de ningún modo, de hecho parecía pronto para intentarlo. Pero como le encanta ir sin pañal por casa, aprovechamos para comprarle un orinal. Allí se sienta cuando vamos al baño su padre o yo, vaya con pañal o sin él. Hace fuerza, como si..., pero por hacer la gracia. Después le compramos un adaptador (bueno, dos, porque el primero no encajaba. ¿Tantas formas de váter hay?). El orinal no dejaba de verlo como un juguete, y si de verdad nos quería imitar era mejor que se sentara como nosotros.

El problema es que hace ya fresquete, y no le dejo correr en bolas por ahí. Si le quito el pañal, le dejo un rato al aire, o le pongo el pijama sin nada debajo. Conclusión: muchos pijamas para lavar. Me avisa cuando se mea, pero siempre después. Yo creo que porque así lo tengo que lavar y puede jugar con el agua. Aún así, los días que lo dejo sin pañal le pregunto si quiere hacer pis y lo siento en el adaptador alguna que otra vez. Sin más. No esperaba que lo hiciera tan pronto, era más un juego que otra cosa, por si sonaba la flauta. Y vaya que si ha sonado...

Creo que parte del éxito lo tiene un cuento que le compró el otro día su padre. Ahora le leo por las noches, porque él me ve leer a mí y se lleva también un libro a la cama. Es para vernos. Primero hojea su ejemplar, como si leyera de verdad, y luego me lo da a mí para que se lo lea en voz alta. Es uno de mis momentos favoritos del día, y eso que a mitad de lectura empieza a pasarme por encima, a saltar o a hacer el ganso.

A lo que iba. El libro del orinal. Dita y Dito son dos cerditos a los que sus papás les compran un orinal con forma de pato porque ya son mayores para usar pañal (detalle que no me gustó nada, por cierto, que cada uno va a su ritmo). Los cerditos se sientan, pero no les sale nada. Hasta que por fin, ¡alegría!, hacen pis y lo que no es pis. Era cuestión de paciencia. A Leo le gustó mucho esa parte y me la hizo leer tres veces. Ahora entiendo por qué.

El caso es que hoy lo he dejado un rato sin pañal, pensando en que el pijama ya está para lavar. Le he preguntado y por supuesto ha querido sentarse en el váter. "¡Pato!", dice Leo. Y le digo "Sí, como el orinal de Dita y Dito". Asiente con la cabeza. Normalmente a estas alturas ya se habría bajado para tirar de la cadena, pero le he dicho "Ya sabes que hay que tener paciencia, como en el cuento". Y de pronto, se mira la cola y empieza a salir un estupendo chorrillo. ¡Albricias! Después le he dado papel, se ha limpiado y ha tirado de la cadena. ¡Bravo por él!

Ha sido emocionante, aunque no sé si esto significa que ya no necesita pañal. De momento creo que no. Ahora que nos vamos de casa le voy a poner uno, y para dormir también. Pero por casa se acabó. A ver cuántos pises y cacas nos toca limpiar del suelo este invierno... Lo que sí tengo claro es que es el fin de una era: la de los pijmas de una pieza, que son un coñazo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Abandono temprano de la lactancia



Reportaje emtido en Aragón TV, en el que Carlos González (mi ídolo) desmonta una por una las principales "razones" que llevan a las madres a dejar la lactancia antes de lo que ellas hubieran deseado. Mitos como la falta de leche o la leche "aguada" son desterrados de forma inapelable por el pediatra. Porque no hay motivos fundados para destetar, salvo el querer hacerlo.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Días de escuela

¿Sabíais que en España no es obligatorio escolarizar a los niños hasta los 6 años? En mi afán de no conformarme nunca con lo establecido y comúnmente aceptado, este descubrimiento me ha hecho pensar mucho.


Lo "normal" hoy en día es llevar a los niños a la guardería con 4 meses, un año como mucho. Y los papás, a producir para que siga engordando el Capital. Entiendo que estos "aparcamientos infantiles" son una buena solución para los padres que trabajan, al menos a corto plazo. Pero no es, en absoluto,  bueno para los bebés. Está más que demostrado científicamente que, hasta los 2 ó 3 años, lo que necesitan es atención total (una cuidadora con 15 bebés, lo veo difícil), un entorno seguro y el amor y la cercanía de sus padres. Por eso me rebelé contra la norma existente y pasé olímpicamente de llevar a Leo a la guardería. Cada dos por tres alguien me pregunta "¿pero lo llevas ya a la guardería?", como si no hubiese más opciones. Pero las hay: excedencia, reducción de jornada,... Cuestan dinero, sí, pero también las guarderías. Y además son sólo 3 años, y lo haces por tu hijo. 

Hasta aquí lo he tenido muy claro. Pero ahora se acerca el momento de buscar colegio (en abril ya), y me ha dado por pensar en el asunto. Yo creía que esto era inapelable, lo que tocaba hacer: a los 3 años, al cole. Y resulta que no. Hay varias alternativas que desconocía, así que me he estado informando. Porque saber nos hará libres...

1.- En Finlandia la educación obligatoria comienza a los 7 años. Pero allí de verdad. Hay guarderías y centros de cuidado familiar (con 4 ó 5 niños por cuidador), pero se potencia que sea la madre (o padre) quien cuide del niño hasta esa edad, con ayudas económicas reales. Por lo tanto, con 7 años, la mayoría de los finlandeses no sabe leer (horror!), pero en dos años ya lo hacen mejor que los españoles de su edad. El famoso informe PISA pone su nota más alta al sistema educativo finlandés. ¿Tendrá que ver esa larga etapa en el nido: sin obligaciones, sin madrugones, sin tener que aprender las letras y los números y a pintar dentro de los márgenes?



2.- Pero yo vivo en España. ¿Qué alternativas tengo? El sábado participé en una charla sobre la educación alternativa en mi ciudad (Zaragoza). La organizaron unos estudiantes de magisterio y fue muy interesante, porque vinieron padres que han optado por otros caminos al margen de la escolarización reglada y contaron sus experiencias.

La primera en hablar fue una madre de tres hijos, que ahora tienen 12, 10 y 6 años. Ella vive en un barrio rural, casi un pueblo, y sí que escolarizó a su primer hijo. La escuela del barrio era pequeña, con niños de distintas edades estudiando juntos... El ambiente le gustaba, pero dice que el niño se empezó a aburrir. Porque no nos engañemos. En el colegio también juegan, pero no hay demasiada libertad. Tienen su hora de pintar, su hora de correr, su hora de los disfraces, y al que se sale de ahí lo ponen "a pensar". Un maestro no puede dejar a su aire a 25 pipiolos, lo entiendo, pero no me gusta la disciplina en niños de 3 y 4 años. El caso es que esta madre, maestra de formación, decidió dejar de trabajar por cuenta ajena y empezó a educar a sus hijos en casa, o en familia como prefiere llamarlo. Respeta sus ritmos, les deja leer, cocinan juntos, salen a pasear por el campo... y también estudian, claro. Para evitar problemas legales, los tiene matriculados en la escuela a distancia Clonlara. La matrícula le cuesta unos 600 euros para los 3 niños. En teoría me parece una fórmula fantástica, pero creo que no es una opción buena para mí. No me veo capaz de enseñar materias a un niño de 10 años, y menos todavía de ser objetiva con mi propio hijo. Tampoco me gustaría dejar de trabajar por completo, necesito mi pequeño margen de autorrealización en campos más allá de la crianza.

También hay un grupo de padres que han montado una Escuela de Pedagogía Waldorf en Zaragoza. Se llama O farol, y tiene unos principios muy interesantes: tolerancia, libertad, democracia, desarrollo de la autoestima y de la empatía... Digamos que no se dedican a meterles conocimientos con embudo, sino que respetan el ritmo de cada niño y trabajan la cabeza sin descuidar el corazón. Esto ya vale más pasta, la verdad, y aunque la teoría también me gusta mucho, no me acabó de convencer para mi hijo. Yo defiendo la escuela pública, como derecho universal, y creo que estos valores deberían aplicarse allí. Esto no deja de ser un colegio privado que pocos se pueden permitir y, por lo tanto, elitista. De hecho, está dentro de una urbanización bastante pija de Zaragoza. Me parece una buena opción para padres con recursos que no estén de acuerdo con la escuela tradicional, pero no para mí.

Por último, hablaron varios padres que simplemente no han escolarizado a sus hijos porque no es obligatorio hasta los 6 años, y que se lo están pensando. Cuando llegó el momento, a los 3 años, se preguntaron por qué, para qué iban a meter a sus niños 7 horas en un colegio, cuando podían arreglarse para estar con ellos. Vamos, como el modelo finlandés pero sin suvenciones. No querían obligar a sus hijos a entrar tan pronto en las rutinasy disciplinas de la vida. Se levantan a la hora que quieren, de buen humor, corren y saltan como les da la gana, y no saben escribir. A veces les flaquea la voluntad, como cuando ven a primos y amigos de su edad desplegando sus conocimientos "escolares": sumar, restar, leer... Pero luego recuerdan que quieren otra cosa, quieren que se desarrollen como personas y, sobre todo, que sean felices. Los objetivos académicos son secundarios.

Esta opción sí que me atrae, la verdad. Casa muy bien con mi manera de pensar. Pero todavía es pronto para decidirme. La verdad es que veo a mi hijo con muchas ganas de aprender, de imitar, de conocer niños y maestros... Creo que a Leo le gustará el colegio tradicional y sus estímulos. Así que lo matricularé en abril. Buscaré un colegio público en el que entiendan que son sólo niños y donde respeten sus ritmos, a ver si hay suerte. El resto de los valores se los transmitiremos su padre y yo, que para eso estamos. Y si cuando empiece el cole no me gusta lo que le enseñan o no le gusta a él, pues entonces me lo volveré a traer a casa hasta que estemos preparados.

Espero que estas reflexiones os hayan sido útiles. Siempre hay más de una manera de hacer las cosas. Lo importante es informarse bien y elegir con conocimiento de causa lo que mejor se adapte a nuestras necesidades.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Portear es divertido




Aquí os dejo el videoclip que he hecho con Noemí y Eva de Teoyleo.com para promocionar el uso de los portabebés. ¡Aparca el carrito y lleva a tu bebé cerca del corazón!

martes, 16 de noviembre de 2010

"Aiós. teta, aiós"

A pesar de lo que pueda parecer por el título, no estoy destetando a Leo. Más quisieran algunos.

Sólo transcribo la frase con la que se ha despedido esta mañana de mí. Bueno, de mi teta. Hoy necesitaba canguro para ir a trabajar y ha venido mi padre a casa. El niño aún estaba dormido. Pero cinco minutos antes de la hora en la que debería salir por la puerta, como tantas otras veces, Leo se ha despertado.

Le he dado tetica, le he achuchado un poco y le he dicho que me tenía que ir "a ganar perricas" (expresión que se acompaña del gesto internacional del parné y que Leo imita muy bien) Normalmente se queda conforme, ahora que ya es mayor. Pero hoy se acababa de despertar y no quería entenderlo. No me soltaba de la mano, así como quien no quiere la cosa, y cuando ya me he puesto firme ha fingido caerse al suelo, el muy teatrero.

"Puuupaaa... teeetaaa...". El viejo truco. No he querido negarle el consuelo y ahí que se ha amorrado tan feliz. Seguro que pensaba: "cómo la he engatusado, ésta ya no se va..." Pobrecico mío, ójala. Le he explicado de nuevo que me tenía que ir y por fin me ha soltado. Ha mirado la teta todo serio y le ha dicho, como si pudiera entenderle, "aiós, teta, aiós". Mi padre y yo nos partíamos de la risa.

Por supuesto, siempre que llego a casa las saluda primero a ellas dos. No quiero pensar lo que respondería si le preguntásemos "¿a quién quieres más: a mamá, a papá o a las tetas?".

martes, 9 de noviembre de 2010

Saber delegar

delegar.
(Del lat. delegāre).

1. tr. Dicho de una persona: Dar a otra la jurisdicción que tiene por su dignidad u oficio, para que haga sus veces o para conferirle su representación.


De vez en cuando me gusta buscar en el diccionario el significado exacto de una palabra. Me sirve para reflexionar, como a mi detective griego favorito, el comisario Kostas Jaritos. Hoy me he parado a pensar en lo que es "delegar", a raíz de una conversación que tuve con otra madre.

Empezaré recordando que soy madre trabajadora, y que mi marido también trabaja fuera de casa. Así que antes de que naciera Leo decidimos "delegar" las principales tareas domésticas a una asistenta que viene dos horas y media a la semana. Debo decir que es el dinero mejor invertido de mi vida. Florica es fantástica, la considero una amiga, y mi casa por fin está limpia de verdad (al menos durante unas horas). Hay gente que piensa que podríamos hacerlo nosotros, que es un lujo. Ciertamente lo es. Sobre todo para mí, porque odio limpiar. Pero yo lo veo del siguiente modo: los dos trabajamos fuera de casa muchas horas y cuando llegamos a casa no tenemos ganas de ponernos a hacer las tareas del hogar. Preferimos ocuparnos del niño y descansar. Por eso hemos escogido "delegar" esa responsabilidad en otra persona y pagarle por ello.


La madre con la que hablaba el otro día también trabaja muchas horas. Más que yo, porque no se ha reducido la jornada. Tiene un trabajo que le gusta y que le da un buen sueldo, y parece que su marido está en la misma situación. Seguro que ellos también tienen asistenta, y apostaría a que va más de un día a la semana. Pero ellos no sólo han delegado sus tareas de limpieza, sino que han contratado una niñera para que se ocupe de su bebé 8 horas al día.


Que no se me enfade nadie. Me parece una opción razonable para quienes de verdad no puedan ocuparse directamente de sus hijos. Creo que para los niños es mejor tener un cuidador en exclusiva que una monitora ocupada de otros 6 bebés al mismo tiempo. Con niñera no hay que obligar al niño a madrugar, se pueden respetar mejor sus ritmos y no se expone a los mil virus de una guardería. Pero también creo que, si se tiene dinero para contratar una nanny a tiempo completo, se puede una permitir el lujo de pedir una excedencia o una reducción de jornada.

Y me diréis: pero qué retrógrada, ya está el neomachismo intentando que la mujer trabajadora vuelva al hogar. Tal vez esa madre sea una estupenda periodista de El Mundo que no quiera perderse ni un minuto de su apasionante jornada laboral, o que tenga miedo de que le pisen el puesto si se retira a segunda línea de batalla durante unos meses. Pues me da lo mismo. En el caso de la madre que empezaba esta historia, está claro que ha hecho lo que creía mejor para su hijo y para ella. No lo dudo en absoluto.


No quiero criticarla. No pienso que sea una mala madre. Sencillamente me da lástima ( y no lo digo en plan borde). Me da pena porque se está perdiendo lo mejor de la vida,según mi humilde entender. Esta mujer ha "delegado" su tarea como madre. Ha escogido su carrera profesional y se va a trabajar cada mañana contenta, satisfecha, con la tranquilidad de dejar a su hijo en buenas manos. Pero mientras ella trabaja y se autorrealiza, otra mujer está criando a su bebé. Le está despertando amorosamente por la mañana, le está dando el desayuno, está recibiendo sus sonrisas, está jugando con él, lo viste, lo pasea, lo castiga cuando se porta mal... Y no deja de ser una empleada, que hace todo eso a cambio de un salario. El niño recibe cariño, pero no es el de sus padres. Cuando éstos llegan por fin a casa, deseando verlo y/o descansar un rato, lo llaman tiempo de calidad. Creen recuperar el tiempo perdido, pero ése nunca vuelve.


Los primeros años de un niño son maravillosos, irrepetibles. Yo sacrificaría cualquier cosa, y por supuesto mi profesión, por pasar más tiempo con mi hijo. ¡Ups! De hecho, creo que ya la he sacrificado.

Una se puede realizar de muchas maneras, no es necesario trabajar para otros para sentirse mujer productiva a la vez que madre. No deleguemos las tareas de crianza, igual que no delegaríamos el sexo o las vacaciones de verano.

Las cosas buenas de la vida hay que hacerlas en persona.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Con las manos en la masa


Tener un niño pequeño es a veces como vivir en una película de Buñuel: surrealista. El género depende: a veces es una comedia de enredos, a veces una tragedia clásica. La siguiente escena tiene un poco de todo.

Empezaré diciendo que a mí me encanta cocinar, aunque casi nunca lo hago. Me refiero a cocinar de verdad, no a freír pechugas o a cocer macarrones, que es lo que preparo habitualmente. Me gusta manchar muchos cacharros, hacer salsas, encender el horno, que la casa huela a comida casera... Cuando miro los catálogos de Ikea, no me fijo en los muebles. Yo sueño con tener una cocina enorme, con una ventana que dé a un jardín y una gran mesa de madera donde preparar pasteles y magdalenas con mis muchos hijos.

Hoy me he levantado con unas ganas locas de preparar albóndigas. No sé por qué, pero así es. Mi madre y mi suegra las hacen muy buenas, y como llevan tanto trabajo nunca me pongo a ello. Creo que sólo lo he hecho 3 veces en toda mi vida. Pero se me ha metido en la cabeza que a Leo le tenían que gustar si se las hacía pequeñitas y sin salsa, y tenía que intentarlo.

Ya en el supermercado he tenido la premonición de que no era una buena idea. Estaba en la fila de la carnicería, con sólo una señora delante. Parecía que aquello iba rápido, pero me equivocaba. La señora estaba preparando por lo visto las bodas de Caná. Cada vez que le decía la dependienta "¿Quiere algo más?", yo contenía la respiración. "Sí, póngame ahora un conejo cortado así y asá". Increíble. Me he tirado más de 20 minutos esperando como una idiota, todo por mi empeño en hacer albóndigas. Cuando la carnívora estaba pidiendo el estofado de pavo he estado a punto de irme. "No es buena idea. Olvídate de las puñeteras albóndigas. No te va a dar tiempo". De un manotazo mental he espantado a mi sexto sentido.

Con mi carne picada, pan bimbo y demás en la mochila, me he dirigido contenta como unas castañuelas a buscar al niño, que se había quedado mientras con los abuelos. Aún me he permitido el lujo de tomarme una coca cola en una terraza con ellos, aprovechando el veranillo de San Martín. En este punto debo aclarar que yo entro a trabajar a las cuatro y cuarto de la tarde, y que cuando por fin me he puesto en marcha hacia casa eran ya las dos.

"Bueno, tal vez no debería hacer hoy las albóndigas". La sensatez me ha durado un suspiro, y cuando he llegado a casa (a las dos y media) ya estaba otra vez deseando meterme en harina. Tal vez debería haber recapacitado cuando he visto que el niño estaba muerto de sueño (= impertinente, irritable), pero era demasiado tarde. El huevo estaba batido.

La verdad es que preparando la masa lo hemos pasado muy bien Leo y yo. Hemos pringado un poco todo, como en mis sueños de Ikea. Pero luego el niño se ha empeñado en tirar manzanas encima de la carne picada y ha comenzado el SHOW. Yo haciendo bolas y pasándolas por harina, con las manos hechas un cristo, y el chico venga a protestar y a pedir que lo cogiera en brazos.

En esto ha llegado su padre a casa. Eran ya las tres y diez y yo estaba a medio freír la comida (y medio frita) . Mi encantador marido ha puesto mala cara cuando ha visto el percal, pero ha hecho mutis por el foro y se ha metido a la ducha. Mientras, yo seguía con el niño en brazos, enganchado a la teta, dándole la vuelta a las albóndigas con la mano izquierda (¡splash!, venga a salpicar el aceite por todos lados...). En cuanto dejaba a Leo en el suelo se ponía a llorar como un loco (¿os he dicho que tenía sueño?). Así que, con gran dolor de brazos y de corazón, lo volvía a coger. Aún así, he conseguido acabar el guiso y he recogido mínimamente el desastre. Eran las tres y media.

Mi marido, limpio y reluciente, se ha sentado a la mesa y hemos comido el primer plato (gentileza de tupperware-mamá). Leo ha probado mis "pelotitas de chicha" y le han gustado. Cuando por fin me he puesto a servir las albóndigas con tomate de nosotros los adultos, y todo parecía por fin maravilloso, la cosa se ha vuelto a torcer. Después de ponerle su plato a Javi, me he ido a servir yo con tantas prisas (y ansias, tal vez), que el plato ha salido volando contra la encimera y se ha roto en mil pedazos. ¡Horror! Algunos trozos han caído de hecho en la cacerola de mis queridas albóndigas y mi marido pretendía que las tirara todas. ¡Después de lo que me han costado! "Mira que si te tragas un trozo de plato eso es peor que el cristal", decía él. "Me da igual, aunque reviente yo las pruebo..." Encima el niño se ha asustado con el estruendo y se ha puesto a llorar de nuevo, con lo que lo he tenido que coger en brazos mientras Javi limpiaba el suelo.

Entonces han empezado los reproches. "No tenías que haberte puesto a hacer albóndigas hoy, etcétera". Yo me he tragado la furia junto con mis albóndigas "a la porcelana", porque no tenía ya tiempo ni para discutir. Seguramente no le faltaba razón, pero no por eso resulta menos desconsiderado. Lo único que a él le ha salpicado de mi empeño "albondiguil" ha sido el plato roto, y eso realmente ha sido un daño colateral. Podría haberlo hecho igual sin haber cocinado nada. Cierto es que no he podido limpiar mucho la cocina y que ahora tendrá que hacerlo él por la tarde, y que con todo el follón no le he dejado el niño dormido sino despierto y de mala leche.

Pero yo he hecho mis albóndigas con toda mi cabezonería y con todo mi amor, he sido feliz haciéndolas a pesar de los obstáculos, y creo que además estaban muy buenas.

La conclusión de toda esta película es que resulta difícil hacer lo que te apetece cuando tienes un niño pequeño y demandante, pero que no es imposible. Lo que sí es ciencia ficción es que mi marido agradezca algún detalle y que aguante 24 horas sin hacerme ningún reproche.

martes, 19 de octubre de 2010

El Mundo está muuuu mal


El Mundo anda mal, el que nos ha tocado vivir en general y el de Pedro J. en particular. Creo que soy la mamá bloguera un millón en escribir sobre el dichoso artículo de las vacas, pero no me he podido resistir.
Podríamos resumir este despropósito como la venganza de una mujer frustrada, no sé si porque no pudo dar el pecho y le hicieron sentir mala madre, o porque ni siquiera ha tenido tiempo de tener hijos, trabajando a destajo en artículos como éste.

No voy a entrar a rebatir cada una de las sandeces que dice la tal Carmen Machado, porque son muchas y ya lo han hecho muy bien otras blogueras (Tenemos tetas, La mamá vaca, Aprendiz de madre y un largo etcétera). Sólo quiero pararme a pensar por qué.

¿Por qué una periodista-mujer propone un tema así? Está claro que va de feminista moderna, la tía... y no sabe lo desencaminada que va.

¿Por qué no trata de disimular su postura? Yo también soy periodista y hay muchas maneras más efectivas de llevarte al huerto al público. La sutileza es un arma poderosa, que ella no ha querido utilizar. No creo que sea tan mala periodista. Si lo ha hecho de este modo, grotesco, directo y sin afeites, y con argumentos tan flojos, es por algo. Para provocar.

Y lo más importante: ¿por qué sus jefes le compran este tema, con un enfoque tan políticamente incorrecto? Una portada así es una apuesta arriesgada. No cabe duda de que han querido llamar la atención, crear polémica y de hecho han conseguido que 2865 personas (a esta hora) se hayan sumado a la página de Facebook en contra del artículo. Es una publicidad fantástica para un medio que nunca se ha destacado por su moralidad.

Pero yo creo que aún se esconden otras razones detrás. Me voy a poner conspiranoica. En primer lugar, estoy convencida de que las grandes multinacionales que viven gracias a los millones de euros que se gastan las madres en botes de leche de vaca en polvo (la del biberón SÍ que es de vaca) están empezando a notar en sus bolsillos las perricas que les escatimamos las madres insumisas. Y como cada vez somos más, y como empiezan a hacerse oír los médicos pro-lactancia, pues se han dicho: o contrrestamos esta campaña, o este verano no hay Caribe, amigos...

Y aún diré más: detrás de este artículo acecha otro lobby mucho más peligroso, el de los Muy Machistas. Porque ellos son los que más miedo tienen a la libertad de la mujer, libertad para informarse y decidir lo qué es mejor para ella y para sus hijos. Esa corriente supuestamente feminista que alerta de que la lactancia materna nos quiere meter a todas de nuevo en casa no sabe de lo que habla. La mayoría de las parejas que conozco que amamantan son las que mejor reparten las tareas de crianza y de la casa, las más igualitarias. Esto no va de amas de casa a la antigua usanza. Va de padres involucrados, con reducciones de jornada, va de madres que dan la teta en medio del supermercado, va de niños felices y sanos que no son un gasto, sino un placer, y que de mayores no repetirán estereotipos machistas. Va de personas que no quieren ser esclavas de su trabajo, ni del consumismo, ni de la globalización. Y todo esto le jode mucho, pero mucho, al patriarcado y al feroz capital, los amos del mundo a día de hoy.

Con nuestras tetas al aire les estamos retando, les estamos dando una lección, y por mucho que pongan a una señora pintada de vaca haciendo poses, no van a pararnos. Señores, tienen los días contados. La revolución ya está aquí.

viernes, 8 de octubre de 2010

Celo de ganar prosélitos

Ésta es la definición que trae el diccionario de "proselitismo". ¿Y qué es un prosélito? Volvemos a consultar http://www.rae.es/ y encontramos que es el "partidario que se gana para una facción, parcialidad o doctrina".

Os preguntaréis a qué viene todo esto. Lo explicaré. Resulta que últimamente siento que hago demasiado proselitismo de mi estilo de crianza (de mi "facción, parcialidad o doctrina"). No lo hago a propósito, pero no puedo evitar hablar de mi hijo y de lo que estoy aprendiendo con él. ¿Intento convencer a la gente? En el fondo imagino que sí, porque creo que criar con apego es lo mejor para todos los niños.

Así que cada vez que se presenta la ocasión saco toda mi artillería de argumentos (citando a Punset e incluso a Darwin, si se tercia): que la teta es una maravilla, que hay que cogerlos en brazos, que no me parece bien llevar a un bebé de 4 meses a la guardería, que el 90 por ciento de los niños del mundo duermen con sus padres, etc...

Son temas de los que me gusta hablar y que muchas veces saco a modo de defensa. Porque lo más habitual es que la película comience cuando alguien ve a mi hijo de casi 2 años sacarme alegremente la teta.

- "¿Pero aún le das el pecho?"
- "Sí, claro. La Organización Mundial de la Salud recomienda la lactancia como mínimo hasta los dos años".

Sé que mi opción no es mayoritaria, pero no deja de sorprenderme la cantidad de mujeres que se horrorizan (no en mi cara, pero eso se nota) por una cosa tan natural como es dar el pecho, y que hasta hace 50 años estaba a la orden del día.

El caso es que me he cansado de defenderme, de justificarme y de hacer proselitismo. He comprendido que soy una incomprendida y no me pienso esforzar más. Para desahogarme tengo este blog, en el que entra sólo el que quiere.

Me seguirá molestando que me tomen por radical, por loca, por inconsciente. Porque quien se pregunta qué es lo mejor para su hijo y busca activamente la respuesta no creo que sea más inconsciente que quien sigue sin rechistar al resto del rebaño.

El problema es que a muchas madres que conozco "mi vida les agobia" como decía Alaska. Porque cuando alguien se sale del camino trazado es porque cuestiona ese camino, y quienes siguen caminando por él se sienten igualmente cuestionados. Por eso "me apuntan con el dedo, susurran a mi espalda..."

¡Y a mí me importa un bledo!

martes, 28 de septiembre de 2010

Si no te movilizas...

... pierdes tu capacidad de cambiar las cosas ahora y en el futuro.

Si no haces huelga, estás aceptando el recorte de tus derechos laborales.

Si no te movilizas, te expones a ser despedido sólo porque tu empresa tenga una menor previsión de beneficios.

Si no protestas, le saldrá además muy barato: la empresa sólo tendrá que indemnizarte con 12 días por año trabajado; los 8 días restantes los pagamos entre todos.

Si no secundas el paro, podrán cambiarte de turno, de puesto de trabajo e incluso de ciudad, sin dar más explicaciones.

¡No te resignes!

Entre todos, podemos parar esta reforma laboral que recorta nuestros derechos.

¡Súmate a la huelga general!

sábado, 18 de septiembre de 2010

En pelota picada

Así está Leo en este momento. Desnudo como cuando me lo sacaron del vientre.

Casi todas las mañanas lo dejo un buen rato sin pañales, porque le gusta ir con la cola al aire y a mí no me importa limpiar alguna meada de vez en cuando. Ahí tiene su bonito orinal por si suena la flauta, pero de momento es un juguete más, un cochecito sin ruedas para ir por casa.

Pero ahora ha aprendido a quitarse el pijama con facilidad pasmosa, y va como él quiere: en pelotas todo el santo día. No tiene nada de malo, ir desnudo es muy agradable y yo también iría desnuda por casa si viviera en Canarias (por el clima lo digo). El caso es que el otoño ya está aquí y hace un poco de fresco. Pero no hay quien le meta el concecpto en la cabeza al troglodita de mi hijo. No hay manera de vestirlo.

Encima le hace mucha gracia ver a mamá persiguiéndolo con un pijama/pañal en la mano: "Ven aquí, que hace frío para ir desnudo". Ja. Quien tenga un niño con carácter como el mío sabrá que es absolutamente imposible vestirlo contra su voluntad. Así que normalmente soy yo la que se rinde y le deja seguir en contacto con su lado primitivo.

Lo malo es por las noches, cuando hay que ir pensando en acostarse. Mamá y papá suelen estar cansados, y Leo como una moto.

Fase uno: quitarle el pañal sucio. Juega un rato pero se deja. ¡La cola al aire, qué gustirrinín!

Fase dos: ponerle uno limpio, quitarle la camiseta y ponerle el pijama. Ja, ja.

Durante un rato lo intentamos de buenas: "Leeeeooo, ven aquíiiii. Mira, te voy a poner esto para ir a dormir, cariño". Sí, claro, mamá. Ahora voy, y mañana me comeré un plato de judías verdes...

Lo dejamos estar un rato, porque no tenemos fuerzas para pelear. A ver si esta noche cuela...

Pero casi nunca lo hace. Cuando empieza a hacerse tarde, papá o mamá tienen que asumir el papel de poli malo y llegan las lágrimas y las patadas. Se debate como una fiera, tanto que muchas veces gana él el primer asalto.

Cuando ya ve que vamos en serio, no se nos acerca siquiera. Se queda con su desnudez desafiante en la otra punta del sofá. Hasta que en un descuido lo cazamos y lo vestimos a la fuerza. Luego un ratico de teta-consuelo y se acabó. Creo que es el único rato en que llora en todo el día, quitando los golpes y caídas. Pero hay que oírlo, menudos pulmones...

Espero poder razonar con él sobre este asunto cuando sea un poco más mayor. De momento, nos arreglamos así: por la noche te visto a las malas, pero por el día te dejo ser nudista.

Que las diosas de las inmunoglobulinas transferidas por la leche materna lo amparen y lo libren de todo catarro.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Crianza y cultura

Esta tarde he tenido que escuchar de nuevo la frase de "¿Que duerme contigo en la cama? No lo vas a sacar en la vida", seguida de "Los niños son unos chantajistas". Lo ha dicho una amiga a la que quiero mucho y que no tiene hijos todavía.

Como tengo confianza con ella me he puesto a soltarle el rollo: que si la mayoría de los niños del mundo duermen con un adulto ("Pues será por falta de espacio", ha contestado), que si está demostrado que los niños necesitan biológicamente la atención y el contacto físico de los adultos,... Creo que he predicado en el desierto.

Porque somos esclavos de la cultura que nos ha tocado vivir, y es muy difícil salir del bosque y mirarlo desde fuera. Nos parece que sólo hay una manera "correcta" de criar y educar a nuestros hijos, y no nos damos cuenta de que "ahí fuera" cada cultura tiene sus propias fórmulas y objetivos, igualmente correctos desde su punto de vista.

Esto no se me ha ocurrido a mí, claro. Me ha abierto los ojos un libro, "Nuestros hijos y nosotros" de Meredith Small. Es una etnopediatra que analiza distintas culturas a lo largo y ancho del mundo, centrándose en los niños y su cuidado. Y resulta muy revelador.

Hoy no voy a entrar a detallar las cuestiones que más me han interesado y que darán para muchos post venideros. Lo que me interesa es conocer, por curiosidad, cómo pensáis vosotros que hay que criar a los niños, explicando por qué es mejor de esa manera y no de otra.

Si os apetece participar, escribid teniendo en cuenta aspectos como la lactancia, el sueño y el colecho, el llevarlos en brazos o no, si hay que dejarlos llorar y cosas así. Estaría bien que aclararáis de dónde sois, si creéis que es relevante, y si tenéis hijos.

Animaros a dejar vuestra opinión. Hagamos nuestro propio estudio de etnopediatría...

lunes, 13 de septiembre de 2010

Si no queréis currar hasta los 67...

... aprovechad la HUELGA del próximo día 29 para protestar HACIENDO EL AMOR.

Sí, como Dinio, pero sin condón. Haced el amor y concebid hijos, porque sólo el aumento de la natalidad puede librarnos del aumento de condena laboral. El sistema de pensiones está cada vez más descompensado: hay muchos cobrando prestaciones y pocos currando para pagarlas. Bienvenidos sean los inmigrantes.

Por eso, el Estado debería favorecer las políticas de natalidad, que van mucho más allá del cheque-bebé. Y nosotros, por nuestra parte, deberíamos cambiar el chip, que tener hijos no supone tanto esfuerzo. Nos estamos acomodando demasiado.

Si no queremos que nos recorten los derechos, tendremos que decirlo bien alto. En la calle el día 29 y en la cama esa misma noche (a la hora que mejor le venga a cada uno, y tantas veces como os apetezca).

¡Llenemos España de niños para poder jubilarnos a los 60!

Se acabó lo bueno

Adiós a los buenos tiempos para Leo y para mí. Se acabaron las mañanas infinitas, el despertarse a la vez y hacer el tonto en la cama, los juegos y los paseos sin prisa, las siestas no programadas (y las siestas del cordero de mamá, antes de comer). A partir de mañana, tendremos que decir adiós a nuestro pequeño paraíso mañanero.

Mañana martes empiezo a llevar un nuevo horario, sin dejar la reducción de jornada, para poder asumir un segundo trabajo. No lo hago por dinero, aunque es cierto que con el sueldo reducido no nos llega ni para pipas. La vida es así, y te ofrece nuevas oportunidades sin pensar si es el mejor momento. No podía dejar escapar este proyecto, porque me gusta demasiado. Y decirles algo como "mejor me lo vuelves a ofrecer el año que viene, que Leo ya irá al colegio" no era una opción. Si yo decía que no,  otro ocuparía el puesto y cuando Leo fuera al colegio yo me arrepentiría de haber perdido este tren.

Son sólo 4 horas a la semana, que se suman a las 25 que trabajo en la tele. No parece mucho, pero como coinciden con el horario que llevo actualmente, he tenido que hacer encaje de bolillos para apañarme. Ahora trabajaré lunes, miércoles y viernes de 4 a 9, como hasta ahora, y los martes y jueves de 10 a 15, para después acudir al otro curro de 7 a 9. Desde aquí quiero agradecerle a mi jefe que me haya permitido este tótum revolútum.

Hasta ahora, cuando yo me iba a trabajar a las cuatro, Leo se quedaba con mi marido (que trabaja intensivo de mañanas). Una ecuación perfecta para los tres. Ahora, los martes y los jueves, tendré que dejar al niño con mi padre o con mi suegra, que afortunadamente no trabajan y están más que dispuestos.

Sé que la mayoría de las madres tienen que dejar a sus hijos con terceras personas (abuelos o guarderías) desde que son muy pequeños, y que mi lamento les parecerá un signo de debilidad. Al fin y al cabo, tengo la suerte de tener ante mí un nuevo proyecto que me va a llenar como profesional y que me obligará a dejar a Leo "sólo" dos días a la semana.

Pero no puedo evitar cierta tristeza al pensar en nuestro pequeño paraíso perdido de las horas sin fin, un lujo construído a costa de mi salario en el que me sentía muy feliz.

Hasta ahora he hecho lo mejor para mi hijo y ahora voy a hacer lo mejor para mí. Espero haber escogido un buen momento, pues ya tiene 20 meses. Tendré que convivir con el cargo de conciencia de tener que dejar a Leo tantas horas seguidas.

Soy, definitivamente, una madre blandengue. Y mañana le voy a echar mucho de menos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Tiempo, divino tesoro

Me ha costado arrancar después de las vacaciones, pero aquí estoy. Se me ocurrían muchos temas para este primer post, pero no me decidía por ninguno. Pero al final voy a hacer caso a Rebeca, una compañera, y voy a hablar de lo bien que lo he pasado este mes con mi pequeña familia.

He tenido vacaciones todo el mes de agosto, de tirón, y me ha cundido mucho. Hemos estado en la playa con mis padres, en el pueblo de mi marido con mis suegros y ¡por fin los 3 solos! en una casa rural de Cantabria. He leído sin parar, me he arrugado en la bañera y he hecho el muerto en la piscina, me he engordado nosecuántos kilos comiendo cosas ricas (esos huevos fritos de corral, mmmm....) y, sobre todo, he disfrutado perdiendo el tiempo con Javi y con Leo.

El verdadero lujo en esta vida es el tiempo, poder disponer de él para lo que te apetezca, para estar con quien más quieres. El dinero sólo sirve si tienes el suficiente como para comprar tiempo libre. Los pobres, entre tanto, tenemos las vacaciones. Y cuando tienes hijos, el verano es un oasis donde recuperar todos los momentos perdidos por culpa del trabajo.

Por eso me ha sorprendido leer en el Dominical del Periódico esta semana, en la columna de la escritora Najat El Hachimi, que para muchos padres resulta agotador pasar tantas horas con sus retoños, cuando por fin pueden hacerlo. La mujer viene a decir que tenemos idealizada la maternidad, y que no todo son desayunos de anuncio en familia y sonrisas. Que se puede acabar hasta el moño si ejerces de madre o padre las 24 horas.

No digo yo que no sea cansado estar todo el día pendiente de los críos, porque lo es; ni que no sean saludables unos momentos a solas. Pero es que todo el artículo destila un aroma que ya llevo oliéndome mucho tiempo: que para muchos, los hijos son una carga y no un placer.

En mi caso, durante el resto del año, mi marido y yo nos repartimos el cuidado del niño: yo por las mañanas y mi marido por las tardes. Esto significa que, cada uno en su horario, tenemos que estar pendientes al 100%. Eso sí que cansa, porque luego además debemos cumplir nuestro horario laboral. Pero en vacaciones todo cambia, porque estamos los tres juntos y un rato lo vigila su padre y otro rato yo. Así ambos podemos "desconectar". Yo no necesito alejarme de Leo para respirar tranquila ni para sentirme mujer además de madre.

También es verdad que sólo tengo un hijo (de momento) y que todavía es pequeño (20 meses ya). Imagino que con dos niños de 7 y 9 años, por ejemplo, revoloteando por ahí, la cosa cambia. Pero creo que los padres de hoy tenemos que cambiar el chip. Nadie nos obliga a tener hijos (madres y suegras no cuentan), así que ¿por qué nos quejamos tanto?

Otro término que se oye mucho es lo del "tiempo de calidad", un eufemismo que consuela a todos aquellos padres que apenas ven a sus hijos y que quieren creer que con un ratito, pero bueno, ya han cumplido. Entiendo que a veces no es posible trabajar menos horas, pero al menos llamemos a las cosas por su nombre. Tengamos claro que no estamos haciendo lo mejor por nuestros hijos y enfadémonos contra el sistema que nos obliga a pasar tanto tiempo lejos de ellos.

Remata la columna del Dominical diciendo que "como tenemos tan pocos niños y los tenemos tan poco rato, lo que estamos obligadas a decir es que esos días de descanso han sido maravillosos". Pues yo no lo digo por quedar bien: este verano con mi marido y con mi hijo ha sido verdaderamente maravilloso.

sábado, 31 de julio de 2010

Cerrado por vacaciones

Como se puede intuir en el original título de esta entrada ¡estoy de vacaciones! Y me las voy a tomar muy en serio, porque el descanso es un derecho fundamental del ser humano en general y de las madres trabajadoras en particular.

Para alegría de mi marido y de mi hijo, voy a cerrar el chiringuito bloguero hasta que vuelva de la playa por lo menos. Les quiero dedicar toda mi atención y los blogs son geniales pero muy absorbentes.

Además. tengo muy abandonada la lectura (de libros físicos) y he de recuperar el tiempo perdido. ¡Hay muchas novelas esperándome!

Por otro lado, no creo que en verano la gente tenga mucho tiempo para andar leyendo andanzas ajenas.

Así que me despido. Seguro que a la vuelta tengo material de sobra para hablar de conciliación, reparto de responsabilidades, rabietas infantiles, conflictos generacionales (nos vamos con mis padres) y demás asuntos propios de la época estival.

Un beso a todos los que lean esto. Nos vemos en septiembre o tal vez antes, si no me puedo resistir...

miércoles, 28 de julio de 2010

No reblar


Con este artículo quiero sumarme a la Fiesta Bloguera de la Lactancia que organiza la web Familia Libre, un portal que acabo de descubrir gracias a Nat, de patucosypatas.

Lo he titulado "No reblar", porque es una expresión aragonesa que define muy bien mi experiencia con la lactancia. "Reblar" significa "retroceder", y cuando se pone en negativo tiene la connotación de "no rendirse". Hoy, con Leo (19 meses ya) enganchado a la teta mientras escribo esta entrada, puedo afirmar que no me he rendido ante la adversidad.

Durante mi embarazo, e incluso antes, me imaginaba a mí misma dando el pecho a un bebé pequeñito.  "Si puedo, le daré teta", pensaba. "Y si no, pues nada, biberón". Tenía muy claro que lo iba a intentar, pero no sabía si lo iba a conseguir. Estaba tranquila porque jugaba con red, con la tan bien publicitada red del biberón. Si fracasaba, vendría a rescatarme Nutribén. Pero ¿por qué no iba a poder? Ese sentimiento de incapacidad lo tenemos muy inculcado, como si para dar el pecho hubiera que estudiar Ingeniería y aprobar unas oposiciones.

Llegó el momento de la verdad y Leo nació por cesárea. Primer chasco. No me lo pusieron encima, se lo llevaron corriendo a hacerle pruebas y pasé su primera hora de vida en recuperación sin tripa y sin bebé. No pude comprobar eso que había leído de que en los primeros minutos los bebés saben agarrarse al pecho por instinto.

Cuando por fin me lo trajeron a la habitación, yo no sabía qué hacer con una cosita tan pequeña y frágil. ¡Un bebé! Si no sé cogerlo... Los puntos de la cesárea no ayudaron mucho en esos momentos.

Los primeros acercamientos a la teta fueron complicados. Leo cabeceaba, como diciendo no, cada vez que veía venir hacia él un pezón gigante. "Yo con esto no quiero saber nada", parece que decía. La depresión hormonal colabora para que te sientas una completa inútil. Las constantes visitas en la diminuta habitación compartida tampoco ayudan a conectar con tu bebé. Y a esto hay que sumarle el calor del demonio que hacía en ese hospital a finales de diciembre. ¡Se me escurría el niño de tanto que sudábamos!

Tres días de intentos fallidos después, sin apenas subida de leche a causa de la cesárea, te vienen con el biberón. El niño ha perdido mucho peso y no te lo piensas. Tiene que comer algo. Pero no se me da bien resignarme, así que me trajeron un sacaleches y ahí que me puse a ordeñarme a ver si sacaba algo. ¡Milagro! De mis pechos salía leche, poca pero suficiente. El niño no cogía el pecho, pero si el biberón, así que le empezamos a dar primero el biberón con mi leche y después le ofrecíamos la fórmula, que casi nunca quería. Fue nuestro primer éxito, casi a escondidas de las enfermeras que puntualmente traían el bibe de leche en polvo.

En esos días apareció por nuestra habitación la Sargento Lactancia. Una matrona que venía a pasar revista y a ver si éramos buenas madres que amamantaban a sus bebés. A mi compañera, una chica majísima que había empezado a ponerse pezoneras de silicona porque su hijo era un campeón de la succión, la puso de vuelta y media. Que si las pezoneras eran un instrumento del demonio, que se le retiraría la leche... No sé si tenía razón, pero lo que está claro es que los métodos dictatoriales no son lo ideal para animar a una recién parida. Luego me tocó el turno a mí. Se horrorizó cuando vio que habíamos empezado con los biberones. Según ella, el pediatra no tenía ni idea. Se calmó un poco cuando supo que le dábamos leche materna, pero me trató con un paternalismo odioso. Si es tan fácil colocar al niño... Mira, se pone así. Clis, clas, y Leo empezó a mamar.  

Nuevo milagro, que se desvaneció cuando intenté hacerlo yo sola. A ver, cómo era... El brazo así, su cabeza aquí... Y nada. El bebé otra vez a decir que no. La frustración fue terrible. Si me lo colocaban las enfermeras Leo mamaba, si no, naranjas de la China. Definitivamente, yo era una inútil

Hasta que la última noche, la quinta gracias a la cesárea, una nueva matrona se convirtió en mi hada madrina. Yo andaba desesperada por que mamara un  poco, con unas tetas enormes y duras como piedras (la leche subió al fin). De madrugada, me fui al control de enfermeras a ver si me dejaban usar el sacaleches oficial, más potente, para ordeñarme cual vaca frisona. La matrona-madrina me quitó la idea de la cabeza y vino a la habitación A ENSEÑARME de verdad a dar el pecho. Me dijo que para empezar se lo diera tumbada y no sentada, que era más fácil acertar. Dicho y hecho. Aprendí a colocar a Leo para que cogiera el pecho. El alivio fue monumental, por el logro en sí de la lactancia y por el vaciado lácteo. Le estoy infinitamente agradecida a mi hada matrona.

A partir de ese momento todo fue mucho mejor. El niño comía, engordaba... La paz de mi casa también ayudó. ¡Lactancia materna a demanda! Y todo porque no reblé.

El único problema que tuve en esos primeros meses fue el exceso de leche. El llamado reflejo de eyección, la salida del chorro en sí, era exagerado. El niño se atragantaba y además le hacía daño en la tripa, porque a veces se estiraba como con un retortijón. Estuve investigando y descubrí que la primera leche que sale tiene más azúcar (lactosa), y que puede molestar al bebé. Así que empecé a darle un pecho solo en cada toma. De este modo llegaba hasta la grasa y tomaba menos lactosa. Pero no sabía si estaba haciendo lo correcto y me reconcomían las dudas. Decidí llamar a la Asociación Vía Láctea, donde una mujer me dio fuerzas para continuar.

No reblé, y cuando me incorporé al trabajo tenía clarísimo que seguiría dando el pecho. Con la reducción de jornada fue fácil. Empecé sacándome leche, para que mi marido le diese con jeringuilla o con biberón. Pero Leo sólo quería beber del envase original, y se pasaba la tarde en ayunas esperando a mamá-teta. Ni que decir tiene que se me abalanzaba en cuanto entraba por la puerta.

Después tuve que luchar contra el entorno. Hace unos meses, los comentarios de "aúuun le das el pecho", "vaya vicio tiene este crío", "hasta que no se vaya a la mili no te lo quitas de ahí" me hacían mella. No tenía dudas sobre la lactancia, pero me sentía incomprendida. Cuando tus amigas con hijos que no dan el pecho pueden salir a emborracharse, tú te quedas en casa con tu hijo. "¿Por qué no lo destetas y así sales por ahí?". ¡Pero si tiene 8 meses! ¡Me necesita! Nadie comprende que no es sólo por el pecho, que es una opción de crianza que escojo porque me da la gana y que soy muy feliz en casa con Leo. Además todo llega, y ahora empiezo a ir a algún concierto por la noche.

No reblé ante la opinión mayoritaria y en estos momentos me resbalan los comentarios de la gente. He conocido a madres como yo y estoy muy a gusto con mi hijo y conmigo misma. Le daré el pecho hasta que Leo quiera o hasta que me canse. Porque es lo mejor para él.

Así que mi consejo para las madres recientes e incluso para las que lo serán algún día es:

¡NO REBLÉIS!

Merece la pena.

lunes, 26 de julio de 2010

El llanto de Leo

Cuando mi hijo se echa a llorar lo hace con ganas. Es físicamente imposible ignorarlo, aunque quisiera hacerlo (que no quiero).

Lo habitual es que mamá lo consuele enseguida cuando se cae, cuando se frustra o cuando tiene sueño. La teta en esos casos es mano de santo (teta de santa, por lo tanto). No llora más de dos minutos seguidos, lo que puedo tardar en darle la vuelta a la comida o subirme las bragas si estoy haciendo pis.

Me da lo mismo si llora por un motivo razonable o no (desde el punto de vista de un adulto, claro). SIEMPRE trato de consolarle. Incluso si llora porque me he enfadado con él porque, por ejemplo, ha tirado el DVD al suelo. En esos casos le hago ver que estoy disgustada, pero no le dejo llorar.

Hay veces que resulta un poco desesperante. Se levanta cruzado y pide todo lo que sabe que no le puedes dar: el cuchillo, el vaso de cristal, el detergente; quiere tirar objetos al váter, apagarme el ordenador, trepar a la mesa, escachar las galletas por el suelo... Si no le dejas (obviamente) se pone a berrear, y así se puede pasar toda la tarde: petición imposible- NO- choto... Pero también en estos casos, con la paciencia al límite, le cojo en brazos cada vez y lo tranquilizo.

Trato de recordar que es todavía un bebé, que no me está "tomando el pelo", que no me quiere fastidiar. Yo creo que simplemente hay días que está molesto y necesita desahogarse, como cuando yo veo una película para llorar a moco tendido o cuando tengo ganas de gresca con mi marido porque llego muy cansada a casa.

Soy su madre y no soporto verle llorar. No sólo porque resulte desagradable (que también), sino porque no quiero que sufra. Soy una blanda, dicen, me va a torear... Me da igual, señores, yo les dejo la disciplina a los militares. Los bebés y los niños LO QUE NECESITAN ES AMOR.

Hay padres que educan a sus hijos en la obediencia, para que aprendan pronto quién manda y para que descubran que la vida es frustración. Pero yo no comparto esta visión de la vida en general ni de la crianza en particular. Tal vez me equivoque, no lo sé.

Lo que tengo claro es que haré siempre todo lo que esté en mi mano para hacerle feliz. Y eso no significa darle todos los caprichos. Pero si quiere algo y no es malo para él se lo daré. Si me pide ir en brazos por la calle y tengo fuerzas para hacerlo, lo haré. Si me tira de la mano para que me siente en el suelo a jugar, dejaré el blando sofá y jugaré con él. Y siempre que mi niño llore lo consolaré.

viernes, 23 de julio de 2010

Despertares

Soy una afortunada, porque todas las mañanas disfruto de unos instantes de absoluta felicidad junto a Leo.

El niño duerme conmigo en la cama grande. Sí, confieso que practicamos esa extraña costumbre habitual en el 97% de los hogares del mundo: el colecho.

Se despierta varias veces a mamar, pero apenas necesita abrir los ojos para encontrar la teta. Sí, también he de confesar que aún le doy de mamar con 18 meses. La OMS recomienda hasta los 2 años COMO MÍNIMO, así que no os extrañéis tanto.

El caso es que da mucho gustico dormir con Leo al lado, por amor y por comodidad. Sí, confieso además que soy de natural vago, y que lo echo en mi cama para no tenerme que levantar hasta su cuarto en mitad de la noche.

La tranquilidad de tenerlo cerca, de olerlo, tiene algo de primitivo, de animal, que me permite dormir a pierna suelta sin temor a que lo devoren las fieras.

Pero lo mejor viene por las mañanas, cuando Leo se cansa de dormir y decide que ya es hora de despertarse. Pueden ser las ocho, las nueve o incluso las diez.  Nunca miro el reloj, porque no tengo prisa. Aquí debo confesar que soy una de esas trabajadoras que han decidido acogerse a las medidas de conciliación que ya existen, en lugar de sufrir por las que debería haber. Me he reducido la jornada y trabajo 5 horas por la tarde. No necesito llevarlo a la guardería ni con los abuelos ni hacerle madrugar. Mi nómina se ha resentido, claro está, pero despertar tranquila junto a Leo no tiene precio.

Yo siempre me hago la remolona, porque a veces cuela y Leo se duerme un ratito más. ¡Gloria bendita! Cuando él decide que ya está bien se sienta en la cama y me toca la espalda. ¡Mama! Yo contesto sin moverme: mnnssnsí. Entonces empieza a hacer el ganso: se ríe, habla, se me tira encima, pregunta por ¿papa? papa está trabajando, cariño. Le hago conquillas, nos damos besos, rodamos por la cama y hacemos el tonto los dos. Es imposible no despertarse de buen humor junto a mi hijo. Cuando cree que ya está bien, él mismo se baja de la cama, me da mis gafas y me tiende la mano para que me levante.

¡Empieza un nuevo día y tengo un subidón de felicidad!

jueves, 22 de julio de 2010

YoNOigo nada

Pelear con las compañías telefónicas siempre es frustrante y agotador, pero hacerlo con un niño pequeño revoloteando alrededor es directamente un matapersonas.

Me he pasado casi una hora al teléfono explicándole a varias señoritas de Yoigo que me han enviado un móvil sin batería (no descargado, sin la pila), lo que obviamente dificulta su utilización. Pero como no lo he reclamado en el plazo de 24 horas después de recibirlo, porque tenía mejores cosas que hacer, pues ya no hay remedio.

Y yo me pregunto, si nadie me ha informado de que existe ese plazo ¿cómo pretenden que lo sepa? ¿Por ciencia infusa?

A todo esto, Leo no paraba de llorar. Me veía discutir, no le hacía caso... Pobrecico mío, qué culpa tiene él de que me hayan estafado.

Mi intención era devolverles el móvil (la carcasa que me enviaron, vamos) y darme de baja. Pero no. Resulta que como firmé un contrato de permanencia a cambio del móvil que no puedo utilizar ahora me lo tengo que comer con patatas.

Ya he dado orden al banco para que les devuelvan los recibos a los muy malandrines, pero la mala virgen no me la quita nadie.

Así que VERDAD VERDADERA: Si tienes problemas con tu compañía telefónica, date por jodido, porque son todas igual de #%&.

lunes, 19 de julio de 2010

En el pueblo

Qué bien se está en el pueblo. El aire puro, la tranquilidad de dejar corretear al niño por donde quiera, las charradas a la fresca,...

Este fin de semana hemos estado en el pueblo de mi marido, al que he decidido volver a hablar porque el rencor no es saludable. No íbamos desde hace varios meses y nos han recibido al grito de "hombreee, ya era horica".

Es un pueblo de unos 100 habitantes, donde todo el mundo se conoce. Unas le hacen carantoñas a Leo, otros le hacen rabiar. Como está mandado. Y todo el mundo opina de todo.

Sacarte la teta en la calle principal del pueblo para alimentar a tu hijo de año y medio suscita un amplio abanico de comentarios, aunque estadísticamente debo decir que, en lo que a lactancia se refiere, entre la gente mayor he encontrado mucha más comprensión.

Los comentarios han ido desde "hija mía, qué bien haces" hasta "pero qué vicio tiene este crío". Aquí citar las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud es perder el tiempo, no es cuestión de ponerse pedante. Pero la verdad es que debo estar haciéndome mayor porque ya no me molestan estos comentarios. Opiniones hay para todos los gustos y en el pueblo te las dicen a la cara, por lo menos.

Lo que sí me supera es el machismo de la mujer rural (por llamarla de algún modo). Para empezar mi suegra, que se queja de que su marido se va todo el día al bar pero luego defiende que su hijo haga lo mismo. Porque es que es llegar al pueblo y Javi ya está pifiando por irse al bar. Se aguanta las ganas porque me ve la cara de pocos amigos y tonto no es.

La escena del viernes por la noche es algo así: el niño se ha echado una mini-siesta a las nueve de la noche, así que tiene cuerda para rato. Hemos sacado las sillas a la calle y estamos a la fresca Javi, su madre, su abuela y yo, con el niño correteando por ahí. En ésas aparece la Consuelo, vecina y todo un personaje. No es mala gente, pero sí MUY cansina. Javi trata de huir:

- Pues a lo mejor me voy al bar un rato.

Mirada asesina que él decide ignorar. Así que tengo que pronunciarme en voz alta.

- Hombre, pues no me parece bien que te largues y me dejes aquí con el chico (y con todo este abuelerío, añado mentalmente).

Él recula y se vuelve a sentar, porque mi marido, al final, es buena gente.

- Chica.- interviene la Consuelo.- Deja que se vaya. ¡Pobrecico!

- Mi marido también está todo el día en el bar, no sé qué les dan.- añade mi suegra.- Anda, vete, hijo mío...

Yo no quiero ser la bruja mala del oeste, así que callo y otorgo. Javi se va prometiendo volver enseguida y me deja dos horas sola con el crío y con las abuelas.

No me enfadé demasiado, estoy acostumbrada. Pero me indigna ver cómo se siguen alentando esos comportamientos machistas. No es que a mí me apetezca ir un sitio lleno de humo a ver cómo juegan los demás al guiñote, pero ¿por qué tengo que estar yo pendiente las 24 horas del niño y su padre no? ¿Por qué a otras mujeres les parece bien este técnica de escaqueo tan habitual? ¿Por qué a nosotras nos cambia la vida y a ellos se les anima a que sigan haciendo lo mismo que de solteros? ¿Acaso es un aburrimiento estar con tu mujer y con tu hijo?

Creo que mi marido lo entiende, pero él también se enfrenta a la presión social que le insta a comportarse "como un hombre" y al final hace lo más cómodo para él. Incluso lo felicitan por cambiar un pañal, como si con eso hubiera cumplido más que suficiente. "No sé de qué te quejas, yo tuve ocho hijos y mi marido no se preocupó nunca".

Las mujeres de generaciones anteriores piensan "si ésta consigue que su marido se ocupe de los críos, es que a mí me la han colado". Pues efectivamente, señora. Se la han colado pero bien. Usted no pudo evitarlo, eran los tiempos que eran y no tuvo más remedio que copular cada vez que le apetecía a su marido, embarazarse cada año y ocuparse sola de los niños y la casa. Una putada, vamos.

Así que no me desee a mí la misma suerte. Sea solidaria conmigo, mujé, y alégrese de los derechos que estamos conquistando. O al menos no me boicotee mandando a mi marido al bar, que ya me cuesta lo mío hacerle entender cuánto le necesito.

jueves, 15 de julio de 2010

Hay días que...

Hoy hemos dormido bien y todo vuelve a brillar. Pero ayer tuve uno de esos momentos oscuros en los que tu vida te parece una pesadilla.

Dos noches atrás hizo un calor asfixiante. La vecina sorda tenía puesto Sálvame a todo volumen y sonaba igual que si hubiera una pelea multitudinaria en la calle. Así que además tuve que cerrar el balcón. Entre sudores, Leo me despertó como mínimo 10 veces. No pegué ojo, pero por la mañana me levanté con buen ánimo.

El día transcurrió sin más sobresaltos que los normales, salvo por la visita de mi suegra, que vino a quedarse un rato con el niño. Leo, que se olió que lo dejaba con la abuela- canguro, se cogió un choto de mucho cuidado. Casi no pude irme a trabajar, pobrecico mío...

Al llegar a casa de nuevo, casi por la noche, seguía de buen humor. Leo es agotador, está en plena época de rabietas y es muy trasto, pero todavía me quedaban algunas reservas de energía y pude poner en práctica todo mi arsenal de psicología positiva para serenar al niño. Incluso mi marido estaba contento e intercambiamos algunas bromas. Paz y armonía en el hogar.

Pero las horas pasan, mis párpados pesan más y más y Leo no se duerme. Casi nunca lo hace antes que su padre se vaya a dormir. Pero su papá estaba muy entretenido haciendo mil tareas de la casa perfectamente posponibles, y no hacía caso a mis ruegos para que se fuera a la cama. Cuando él está cansado, se va tranquilamente a las diez y media y aquí paz y después gloria. Pero ayer no le salía de los cojones.

Leo estaba cada vez más agotado y agotador, chillaba por cualquier cosa y a mí se me habían acabado las reservas.

Yo no espero que mi marido lo duerma, ni siquiera que lo entretenga. Ya sé que eso sería pedir demasiado.

Sólo le pedí que se fuera a la cama de una puta vez, ya ves tú qué trabajo más grande.

Pero no fue tan sencillo. Hubo bronca de por medio, niño que chilla, padre que por fin se va y madre que se derrumba. Era la una de la mañana. En cuanto su padre apagó la luz, Leo vino a mi regazo y se durmió.

Suerte que no sabe que estoy triste cuando lloro. En su bendita inocencia, se cree que me estoy riendo y se ríe conmigo.

En la oscuridad de la noche, con mis dos hombres dormidos, me sentí una desgraciada. Pero era mi cansancio infinito el que hablaba. Hoy, después de un sueño reparador, vuelvo a estar en paz con el mundo.

PD: Lo que todavía no sé es si volver a dirigirle la palabra al padre de la criatura. #€&%*{}

domingo, 11 de julio de 2010

Se alquila habitación

Se alquila habitación calentita, húmeda y oscura para una o dos personas. Amueblado y con gastos de comunidad incluidos. Periodo máximo de alojamiento, 9 meses. Después, si te he visto no me acuerdo. Precio a convenir.

Hoy quiero hablar de las madres de alquiler. Anoche vi un estupendo reportaje sobre este tema en Documentos TV y me he ido a dormir con el run run en la cabeza.

¿Habría madres de alquiler si el mundo fuese más justo, si la riqueza estuviera mejor repartida?

No lo creo. Pocas mujeres se embarazarían para otros por puro altruismo.

De hecho, la mayoría de las parejas viajan a países del Tercer Mundo en busca de la gestadora de su embrión. En el moderno Occidente no se permiten estas prácticas, aunque sí se consiente que se haga lejos de su vista.

Si está prohibido comprar niños, ¿cómo es que se pueden alquilar úteros? Imaginad que la noticia sobre la paternidad de Ricky Martin hubiese sido así:

"El cantante Ricky Martin compra dos gemelos por nosecuantitos millones de euros"

Suena mal, ¿no? Pues yo no lo veo tan diferente. Porque estos negocios se basan en que uno es rico y el otro pobre, así que el siempre manido argumento de que las madres de alquiler aceptan el trato libremente es falso.

La madre india que aparecía en el reportaje llevaba en su vientre al hijo de unos canadienses. Tenía dos hijos propios (condición sine qua non para esta "profesión"). Gracias a los 5000 euros que ganó con su primer embarazo para el Primer Mundo pudo construir su casa (muuuuy humilde) y mandar a sus hijos a un buen colegio.

La mujer contaba que lo más duro no era el embarazo, sino el desprenderse del niño después del parto. Pero es lo que hay, decía. Al menos sé que vivirá bien con una familia rica, se resignaba.

Me da igual de quién sea el embrión y su puñetera información genética. Esto se llama compraventa de niños.

Puedo entender la desesperación de los padres que, tras años de esterilidad, deciden viajar a India en busca de su hijo. Pero es que no lo adoptan. Se aprovechan de la miseria de una mujer para asegurarse un bebé biológicamente suyo, sangre de su sangre.

Es un tema controvertido, porque al fin y al cabo esta práctica hace felices a muchos padres ricos y ayuda a salir adelante a muchas familias pobres. Parece una buena simbiosis.

Pero si el mundo estuviese mejor repartido, los dólares de esos matrimonios desesperados no valdrían más que los billetes del Monopoly. Las mujeres indias, con sus necesidades básicas cubiertas, se reirían en su cara de guiris si les pidieran por favor gestar a sus hijos.

Siempre podrían encontrar alguna mujer, sin necesidad de salir de Estados Unidos, lo suficientemente avariciosa como para meterse en este jaleo. Pero les saldría bastante más caro que ahora, seguro.

El reportaje enlazaba el tema de las madres de alquiler con el tráfico de órganos. Porque en el fondo se trata de lo mismo. Ricos desesperados que recurren a los más pobres para obtener lo que quieren a golpe de talonario.

Los reporteros viajaban a la Bacora, en Filipinas, también conocida como "La isla de los que sólo tienen un riñón". Con eso lo digo todo.

Entiendo que la gente quiera tener hijos, y también que no quiera morir en la lista de espera para un trasplante. Pero no está bien coger este atajo, porque hace todavía más ancho el abismo entre pobres y ricos, entre afortunados y miserables.

El fin no siempre justifica los medios.

jueves, 8 de julio de 2010

La teta y la benemérita

Sólo quería compartir una escena bastante surrealista que viví ayer con Leo.

Como no trabajo por las mañanas, me acerqué al Cuartel de la Guardia Civil a hacer unas gestiones para el comité de seguridad y salud de mi empresa. Me planté allí con Leo vestido de la roja (¡estamos en la final!), así que el niño iba muy "todo por la patria".

Les comenté el asunto que quería tratar y me dijeron que hablara con el comandante de tráfico. El hombre, muy atento, me hizo pasar a su despacho. Leo, que había sido traumáticamente vacunado el día anterior, se puso como un loco en cuanto vio que entrábamos a un cuarto cerrado.

Así que yo me dispuse a calmarlo con lo que siempre funciona: anestesia vía tetil...

Educadamente, entre gritos y patadas de Leo, le pregunté si le importaba que le diera el pecho. Al niño, no a él. Sé por experiencia que es la mejor manera de mantenerlo quietecito y tener una conversación civilizada.

El señor comandante me dijo que mejor saliera fuera, pero yo no lo entendí bien (el niño seguía berreando) y ya estaba sacándome la teta. El hombre se puso LÍVIDO, y me insistió en que por favor lo hiciera fuera de su despacho. Amablemente, pero acojonado.

Aclarado el asunto, solté mi camisa y me dispuse a salir. El comandate respiró aliviado.

En ese momento, otro agente muy simpático entró con una caja de caramelos que consiguió calmar a Leo sin necesidad de striptease benemérito.

Todo esta escena me hizo reflexionar.

Yo no quiero imponerle a nadie la visión de mis pechos, siempre y cuando no esté en un sitio público. Respeto que el comandante no quiera que me saque la teta en su despacho. Pero el caso es que es una lástima, porque refleja el hecho de que no existe costumbre de dar el pecho en público (ni de dar el pecho en general).

Si esto fuera lo normal, lo que hiciéramos todas abiertamente, lo que viéramos desde pequeños en la calle, no le resultaría violento a nadie. Sería lo mismo que sacar un biberón o darle una galleta.

Tal vez dentro de un par de generaciones, mi nieta pueda sacarse la teta con naturalidad para alimentar a su hijo en las mismas narices de la Guardia Civil, sin que la arresten por escándalo público.

martes, 6 de julio de 2010

Sinceridad ante todo

El otro día leí en el DOMinical del Periódico una entrevista a Carmen Machi, más conocida como Aída. En ella, la actriz comentaba que le parecía curioso que siempre le ofrecieran papeles de madraza, cuando ella ni es madre ni tiene intención de serlo. Lo mejor es la sinceridad con que lo explicaba:

DOM: ¿Le ha faltado el instinto?
CARMEN: Va a quedar superfrívolo, pero creo que el tiempo que se necesita para tener y ver crecer a una criatura yo, de forma absolutamente egoísta, lo quise para mí. Y eso que adoro a los niños.

Aunque me cueste entender por qué alguien renuncia a lo que yo considero lo más maravilloso de mi vida, lo respeto profundamente. Porque Carmen es sincera y coherente, y porque me parece enriquecedor que haya gente para todo. Creo que quien quiere hijos los tiene antes o después. ¿Pero qué pasa con quien lo tiene tan claro? Seguro que a esas mujeres las atosigan constantemente: "¿Y para cuándo un bebé?".

Mujer no es igual a madre. No estamos obligadas a procrear. Por eso es tan maravillosa la maternidad, porque la escoges.

La que no desee tener hijos, que no los tenga. Veo por la calle muchas mujeres (las menos, eso sí) que llevan a sus retoños como una condena. Y es una lástima, por ellas y sobre todo por sus hijos.

Las palabras de Carmen Machi me obligan también a mí a hacer un ejercicio de contrición. No atosigaré a las mujeres que conozo para que tengan hijos. Me va a costar cumplirlo, porque esto es igual que cuando comes en un restaurante. Si te gusta especialmente el plato que has escogido, te empeñas en que lo prueben los demás comensales:

- Pero es que está muy bueno, pruébalo anda...
- No, gracias. No me gusta el pato (por ejemplo).
- Sólo un poquito, ya verás como te gusta.
- ¡Que no, coñe, que no me apetece!

Pues eso, que voy a dejar de dar el coñazo a mis amigas y compañeras. Que hagan lo que quieran.

Para hacer proselitismo de la maternidad es mucho más efectivo pasear a Leo, que es tan rico que les hace rugir el útero a todas.

¡Hay que predicar con el ejemplo!

sábado, 3 de julio de 2010

Si lo dice Punset...

Desde que Leo nació, me he dejado llevar por mi instinto. Le doy el pecho (por si alguien aún no se había enterado), lo llevo siempre en brazos, procuro calmarlo enseguida cuando llora, me he reducido la jornada para no tener que llevarlo a la guarderia... No hago estas cosas porque alguien me haya dicho que sea lo mejor para él porque, si cuenta la estadística, muchísima más gente me ha dicho que hago mal, que lo estoy malcriando.
Me da lo mismo. Mi corazón me dice que debo atender a mi hijo por encima de estos prejuicios.
Pero siempre da gustico ver cómo un señor tan listo como Eduard Punset te da la razón.
En su programa Redes analizaba recientemente el funcionamiento del cerebro del bebé. Para ello, entrevistaba a Sue Gerhardt, autora de “Why love matters” y eminente psicóloga. Esta mujer ha estudiado en profundidad la formación de las conexiones cerebrales en los niños de hasta 3 años, esa etapa preverbal en la que no sabemos qué pasa por sus cabecitas. Por lo visto, pasa mucho más de lo que creíamos.
La principal conclusión de este estudio es que hay que ocuparse más de los bebés, porque todo lo que les ocurra en esos primeros meses de vida marcará su personalidad para siempre. Su salud mental está en juego.
Sue Gerhardt afirma que los sistemas de respuesta al estrés se forman durante los dos primeros años. Cuando nos estresamos, fluye por nuestro cerebro una hormona llamada cortisol, que los bebés no pueden gestionar bien. Ellos no pueden relajarse tomando unas cañas. Necesitan a los adultos para deshacerse del cortisol. Por eso es importante no dejarles llorar "para que aprendan", porque si se estresan a menudo y no les ayudamos a calmarse tendrán problemas de conducta en el futuro. ¿Acaso no hay ahora más depresiones y más enfermedades mentales que nunca?
Una de las cuestiones que más estrés produce a todos los niños de esa edad (en Occidente) es la separación de sus padres. A los 4 ó 5 meses, muchas madres regresan al trabajo y se ven obligadas a dejar a sus hijos en manos de otras personas, habitualmente en guarderías donde hay, como máximo, un cuidador por cada 7 niños. Esto no es bueno para los bebés, porque necesitan a sus padres. Cuando les dejamos solos, ellos no saben si van a sobrevivir.
Esta psicóloga destierra el mito de la socialización en las guarderías. Asegura que a esas edades los bebés no necesitan hacer amigos, sino sentirse protegidos y amados por sus padres.
Esos bebés dependientes, pegados a la falda de sus madres, serán niños independientes en un futuro. Punset también insiste en este punto en su último libro.
¿Qué debemos hacer las madres entonces? Parece un paso atrás, quedarnos cuidando a los niños, en lugar de salir a producir como mujeres modernas.
Visto lo visto, con las guarderías ha ocurrido lo mismo que con el biberón: son un buen invento, nos da libertad a las mujeres, pero nos alejan de nuestro instinto y pueden llegar a perjudicar a nuestros hijos.
Cuando la sociedad se dé cuenta de que tener hijos es producir el bien más preciado de todos (¿quién va a pagar nuestra jubilación si no?) y de que facilitar a los padres su cuidado directo es sembrar salud y felicidad, tal vez ese día deje de fomentarse la escolarización temprana.
Con todo mi respeto hacia las educadoras profesionales:
MENOS GUARDERÍAS Y MÁS PADRES CRIANDO A SUS HIJOS, eso es lo que hace falta.
Que no lo digo yo, que lo dice Punset...

martes, 29 de junio de 2010

La fórmula del éxito

Imaginad un señor muy emprendedor que decide sacar al mercado una nueva marca. Lo tiene difícil, porque otra empresa tiene el monopolio del producto desde hace muchos años. Además, el emprendedor decide competir con un género de peor calidad y, a pesar de ello, lo pone más caro. La sociedad no necesita su nuevo producto para nada.
Con estos parámetros, cualquier entendido diría que estaba condenado al fracaso, que su estrategia es poco inteligente. Pero resulta que, contra todo pronóstico, este empresario triunfa en su empeño.
Se llamaba Henri Nestlé, y en 1866 descubrió la fórmula del éxito: la leche de fórmula.
Mezclando leche de vaca, azúcar y harina de trigo, descubrió un nuevo producto que bautizó como Harina lacteada. Una leche no materna que los bebés toleraban, lo nunca visto.
Hasta entonces, los huérfanos o los bebés de madres enfermas dependían de que hubiera una nodriza para alimentarlos.Si la compasión o el dinero no conseguían un ama de cría para ellos, morían sin remisión.
No había otra alternativa, porque los recién nacidos no toleran las leches de origen animal. No pueden digerir sus complejas proteínas. Necesitan la leche de su madre, con la composición perfecta para su propia especie.
Por eso, la Harina lacteada fue un gran invento. Sirvió para salvar muchas vidas, sobre todo de huérfanos. También liberó a la mujer, que entonces empezaba a adentrarse en el mercado laboral. Entonces no había reducción de jornada, precisamente.
El producto tuvo éxito, e incluso surgieron nuevas marcas. Pero el auge de la leche de fórmula llegó con la Segunda Guerra Mundial y después, con la masiva incorporación de la mujer al trabajo y con el desarrollo de la publicidad.
En España, este boom llegó más tarde (como todo). En los años 60, el Pelargón y compañía aterrizaron en nuestro país con la intención de quedarse. Los anuncios agresivos, los pediatras adoctrinados y la moda generalizaron el uso del biberón. Era un signo de prestigio, lo mejor para el bebé.
La teta quedó para las que no se lo podían permitir, pobrecicas...
Si la leche de fórmula siguiera sirviendo sólo para aquellos casos en los que la lactancia materna es complicada o imposible me parecería un gran invento. Acabo de leer que en Zimbaue, donde las madres transmiten el sida a sus hijos al darles el pecho, no pueden acceder a estas leches. Así que o les contagian o los dejan morir de desnutrición.
Pero hoy, en Occidente, la leche de fórmula sólo sirve para que las mujeres nos sintamos inseguras a la hora de dar el pecho, porque el biberón siempre está ahí, esperando para rescatarnos si lo hacemos mal.
Creo que debería limitarse aún más su publicidad, y que los pediatras deberían estudiar más sobre lactancia materna durante la carrera. Porque ahora promocionan la teta con la boca pequeña, sólo unos meses por eso de las defensas. Pero enseguida te convencen de que des un suplemento, o de que lo destetes y empieces con las dichosas leches de continuación, que no son más que leches de fórmula más cutres.
Nos bombardean todavía hoy con el mensaje de que el biberón es lo mejor para nuestros hijos y para nosotras. Y mientras no nos demos cuenta del engaño, los grandes laboratorios tienen la fórmula del éxito garantizada por los siglos de los siglos.

miércoles, 23 de junio de 2010

La culpa de todo

no la tiene Yoko Ono. La tiene la teta.
Está muy bien visto últimamente lo de dar el pecho. Por fin. Pero hay mucha gente que lo ve como una moda, como una novedad pasajera. Total, los médicos hoy dicen una cosa y mañana otra.
Pero dar el pecho no es una afición. Es lo natural, lo que vienen haciendo los mamíferos desde que la evolución así lo determinó hace muchos millones de años.
La leche de fórmula, en cambio, nació hace siglo y medio.
Entonces, ¿por qué tomamos como referencia para todo a los niños que toman biberón?
Hasta que se extendió el consumo de leche artifcial (años 60 en España) los niños engordaban, dormían y funcionaban de una determinada manera: la que marca la biología. Pero llegó el boom del biberón y se nos olvidó que los bebés necesitan comer cada poco tiempo, que engordan mucho al principio y que luego lo hacen más despacio; olvidamos que se despiertan por la noche para tetar y para comprobar que mamá sigue ahí y que no les hace falta la leche de vaca para nada.
Lo "normal" hoy es lo que hacen los niños de biberón, porque es lo que nuestras madres han conocido: las cacas duras, las noches de tirón, el entusiasmo ante las primeras papillas... Y cualquier comportamiento diferente se considera "anómalo", aunque lo vengan haciendo los bebés desde hace millones de años.
La teta es hoy una gran desconocida y la cabeza de turco ante cualquier problema: que el niño engorda poco, es culpa de la teta; que tiene muchio carácter, será por la teta (y por cogerlo mucho en brazos), que no quiere comer otra cosa, está enviciado con la teta. Como si todos los que toman biberón fueran regordetes, buenos y grandes comedores. De postal, vamos.
Mi hijo, por ejemplo, es muy cabezota y no le gusta nada comer. A sus 18 meses se alimenta básicamente de teta, pan, galletas, manzanas, patatas fritas y chocolate. Es un problema, lo sé. Juro sobre los libros de Carlos González que preferiría que comiera de todo. Lo aclaro porque seguro que hay gente que piensa que soy tan fan de la teta que no le dejo comer nada más.
Probablemente, si le hubiera dado leche de fórmula, como es mucho menos nutritiva que la leche materna, mi hijo habría sentido la necesidad de comer alguna cosa más. O tal vez se hubiera cegado con el biberón y estaría mucho peor alimentado que ahora. Lo que tengo claro es que tampoco sería buen comedor. Es un maniático, pone caras de asco (incluso terror) cuando le ofrezco carne o macarrones, aunque no duda en quitarme el pan o el chocolate de las manos. Leo es así, y punto.
Pero me he hartado de oír comentarios del tipo: "¿pero de verdad no come más que teta?", con toda la carga de prejuicios que conlleva. Y me canso de explicar que tengo muchas amigas que dan el pecho y que sus hijos sí comen de todo. Pero parece que es culpa mía que sea un rarito, por haberle dado teta.
Si esto fuera así, entonces todos los niños nacidos antes de que a Henri Nestlé se le ocurriera apañar la leche de vaca habrían escogido la misma dieta que mi hijo. Porque TODOS tomaban pecho. Y aunque mi hijo está sano, no tengo claro si la especie humana habría llegado hasta aquí comiendo sólo galletas.
En resumen: a ver cuándo entendemos que somos mamíferos, que la dar el pecho no es un capricho ni una moda, sino la finalidad misma de esos dos atributos anatómicos que tanto llaman la atención de algunos.

viernes, 18 de junio de 2010

Cenizas

Voy por la calle y me cruzo con una embarazada. No puedo evitar mirar con nostalgia su prominente barriga, cargada de vida y futuro. En ese momento, la mujer en cuestión ¡se enciende un cigarro!
A mí se me cruzan los cables, me acerco hasta ella y le cruzo la cara de un bofetón. "¡Pero qué haces, insensata! ¿No sabes el daño que le estás haciendo a tu bebé?".
Es una lástima, pero esta escena ocurre sólo en mi imaginación. No está bien visto agredir a las embarazadas que en el ejercicio de su libertad escogen joder a sus propios hijos.
Yo también he sido fumadora y no quiero entrar aquí en una guerra de pasivos contra activos. Sólo quiero decir que ME INDIGNA ver fumar a las embarazadas. ¿Es que no pueden pasar sin un cigarro 9 meses de su vida?
Creo que el problema radica en que no son conscientes del riesgo. Si supieran DE VERDAD lo que ocurre dentro de su placenta cada vez que fuman, lo que les pasa a sus frágiles bebés, estoy convencida de que ninguna madre sensata fumaría.
Y como los datos sobre bajo peso y demás enfermedades futuras no hacen mella en sus nicotínicas almas, voy a intentar convencerlas como me convenció a mí el jefe de pediatría de un importante hospital.
Imaginad que vuestro bebé ya ha nacido. El pequeñín llora desconsolado porque tiene hambre, pero decidís ignorarlo. Ya comerá después.
Imaginad que tiene ya 3 años. Hoy hay macarrones, su comida favorita. Llenas los platos de todos, pero cuando ves el suyo lo piensas mejor y le quitas la midad. El niño se acaba su escasa ración y pide más. Le dices que no, que ya llegará la merienda. Tu hijo se levanta triste y hambriento de la mesa. Está cada vez más delgado.
Ninguna madre haría esto, ¿verdad? Ninguna podría mirar a su hijo a la cara y negarle comida cuando tiene hambre.
Pues eso es exactamente lo que ocurre con el tabaco durante el embarazo. La nicotina, el alquitrán y demás sustancias tóxicas llegan por la sangre hasta la placenta. Muchas pasan directamente al feto, pero el mayor desastre se produce en las propias células de la placenta. El tabaco las mata a puñados.
¿Y a qué se dedican esas células placentarias? Pues son las encargadas de que los nutrientes y el oxígeno de la madre lleguen al feto por el cordón umbilical. .
Si tenemos menos células en funcionamiento, al feto le llega menos alimento. Así de simple. Por eso los bebés de madres fumadoras pesan de media al nacer 200 gramos menos que los hijos de madres no fumadoras. Porque los primeros han pasado HAMBRE.
Sé lo que me vais a decir las fumadoras: que el estrés que supone dejar de fumar también es muy malo para el feto, que sólo fumais uno o dos cigarros al día para no transmitirle ansiedad... Entiendo que os aferréis a ese clavo ardiendo, no en vano la nicotina es una de las sustancias más adictivas que existen.
Pero os tengo que tirar por tierra también este pequeño consuelo, porque no es cierto que el estrés sea peor para el feto que la falta de alimento.
Dejar de fumar del todo implica ansiedad durante dos o tres semanas, como mucho. Luego sólo se echa de menos.
Fumar un cigarro al día durante 9 meses supone matar muchas células, y no se van a levantar de sus "tumbas" porque fuméis poco. Las que mueren, muertas están para todo el embarazo.
Así que si queréis cuidar bien de vuestos hijos, apagad vuestro último cigarrillo el mismo día en que confirméis que estáis embarazadas. O antes, si queréis sufrir menos.
Pensad en lo frágil que es un embrión, un feto, pensad en lo precioso que es darle vida y alimento a través del cordón umbilical. Es sangre de vuestra sangre, literalmente.
Visto así, ¿no creéis que es el mejor motivo del mundo para dejar de fumar?

jueves, 17 de junio de 2010

Para mamá

Hoy operan a mi madre.
En principio no es nada serio, pero la palabra "tumor" deja siempre una estela de mal rollo difícil de disipar.
Ésta es la primera vez que la ingresan y mi padre y yo estamos como desubicados, sin saber qué hacer. Porque ¿qué haríamos sin ella?
Mi madre no me ha parido ni me ha amamantado, pero me ha dado todo lo que necesita un hijo: su amor incondicional. Yo estaba tan segura de su afecto, de ser lo primero en su vida, que me atrevía incluso a despertarla de la siesta para contarle cualquier cosa que se me hubiera ocurrido.
Todavía hoy es el pilar de mi existencia y confío en que siga siéndolo muchos muchos años. Como poco, hasta que mi hijo me haga abuela a mí también.
Nunca es mal momento para recordarlo. Te quiero, mamá.

martes, 15 de junio de 2010

Mea culpa

Las mujeres nos sentimos culpables por todo.
Desde que nos convencieron de que Eva era la mala de la película, el patriarcado se ha encargado de  fomentar ese sentimiento que nos ha lastrado durante siglos.

Dentro de la pareja, nos sentimos culpables si tenemos mayor nivel cultural o más nómina que ellos.
En la familia, son siempre las hijas las que se ocupan todo cuando los padres ya son mayores.
En el trabajo, estamos acostumbradas a asumir responsabilidades pero no a cobrar más, y mientras los hombres ascienden sin mirar a quién dejan atrás, nosotras nos sentimos culpables por los que no han tenido nuestra misma suerte.

Somos conscientes de que no es justo, pero no podemos evitarlo. Y ellos se aprovechan.

Cuando te conviertes en madre, entras en una nueva dimensión de la culpa. A pesar de haber llevado encima al niño, en exclusiva, durante 9 meses y haberlo parido; a pesar de las miles de noches en vela con el bebé en brazos, si un buen día te quedas tú en la cama mientras su padre se hace cargo, te sientes culpable.
Si el niño no coge bien el pecho y/o no engorda lo suficiente, seguro que tú estás haciendo algo mal.
Si destetas (pronto o tarde) te sientes culpable.
Si lo coges mucho en brazos te reconcome el pensamiento de que, por tu culpa, será un adulto dependiente y caprichoso.
Si lo dejas llorar para que entienda que no lo puede tener todo, te sientes odiosa.
Si le ocultas al pediatra que aún le das el pecho a los 18 meses para que no te vuelva a sermonear, te sientes culpable (y si no tu marido se encargará de que así sea).
Te vas a trabajar con cargo de conciencia ("mamáaa, no te vayaaass"), y cuando termina tu jornada te sientes fatal tanto si te vas pitando (el trabajo a medio hacer, ya ni te despides de los compañeros) como si te quedas ese día un poco más ("el niño ha llorado, miraba la puerta a ver si venías...")
Si te has reducido la jornada ya ni te cuento. Te incomoda trabajar menos que los demás, a pesar de saber que también cobras menos.
Si por fin una noche te decides a dejar al niño con su padre para irte de fiesta, ahora que ya es mayor, no puedes evitar pensar en tu pobre marido que se ha quedado en casa y en tu pequeñín, que seguro que llora mientras su mamá está por ahí pendoneando. Aunque te diviertas, qué mal te sientes, ¿verdad?

Mientras no desterremos este puñetero mea culpa de nuestras mentes, mientras no seamos justas con nosotras mismas, seguiremos siendo para toda la eternidad las que nos levantemos de la cama cuando llore el niño.
Y el patriarcado pervivirá.

lunes, 14 de junio de 2010

El Gestador V (y final)

Toda la familia se había vestido para la ocasión. La sala de la clínica estaba repleta de centros de flores, peluches gigantes y otros regalos. En una enorme pantalla, Iván se chupaba el pulgar. Alguien abrió una botella de champán y llenó las copas. La madre de Manuel, una ejecutiva elegante y decidida, propuso un brindis:


- Por Iván, mi primer nieto, que pronto estará entre nosotros y por la ciencia, que ha liberado por fin a las mujeres.

Todos brindaron y en ese momento el médico entró en la sala. Se hizo el silencio.

- Ha llegado el momento.

Paula y Manuel entrelazaron sus manos, expectantes.

- Ahora, los médicos abrirán el Gestador y todos podrán ver en directo la llegada al mundo del pequeño Iván.

La pantalla se dividió en dos, para mostrar simultáneamente el interior del Gestador y el exterior, donde los médicos preparaban el instrumental. Con gran facilidad, el cirujano sajó la bolsa y sacó el bebé, que comenzó a respirar sin ni siquiera llorar. La que sí lloraba era Paula, que abrazó a Manuel en medio de los aplausos.

Enseguida limpiaron al niño y lo llevaron en el nido hasta la sala. Emocionada, Paula cogió a Iván y lo apretó contra su pecho. Era el día más feliz de su vida. Con el contacto, el recién nacido comenzó a boquear en busca de alimento. La enfermera lo cogió y lo dejó en el nido otra vez. Le dio a Paula un biberón preparado y le enseñó cómo dárselo sin tenerlo que levantar.

- Sobre todo, no lo cojas en brazos que se acostumbra.

domingo, 13 de junio de 2010

Mal ejemplo en la Sexta

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/06/12/television/1276366023.html

Qué modernas y qué monas ellas. Deseando dejar a los niños con papá. Pidiendo una guardería en la Sexta para aparcar a los niños y volcarse en el trabajo durante jornadas maratonianas. ¿De verdad no se puede ser periodista y trabajar las horas justas? ¿Por qué se considera mejor trabajador al último que se va? Al menos esos críos podrán poner la tele y ver lo guapa que sale mamá...

El Gestador IV

- ¡Gugugú!

El bebé disfrutaba con las carantoñas que le hacía Paula. Estaban en una terraza, disfrutando de los últimos días de calor de septiembre.

- Venga, Clara, es la hora del biberón.

Blanca, la madre de la pequeña, agitó el biberón pre-preparado y lo dejó listo para tomar. La niña, de tres meses, disfrutó de ese momento de intimidad en los brazos de su madre y se tomó obediente el biberón entero. En otra mesa, un bebé lloró con una intensidad desacostumbrada. Las mujeres se volvieron a mirar justo cuando la madre del niño gritón se sacaba la teta alegremente y se ponía al niño ahí. Se calmó inmediatamente.

- ¿Pero a ti te parece eso normal en pleno siglo XXI?

Blanca hablaba con verdadero rencor.

- Bueno, si ella quiere hacerlo así...

Paula la defendió tímidamente, pero Blanca ya tenía preparada la artillería.

- ¿No te das cuenta de que esos niños gritan más que ninguno? Las dichosas madres insumisas nos van a crear problemas a todos. ¿Qué pasará cuando vaya a clase con mi hijo? Podrían pegarles algo a los demás.

- Hombre, no creo que sea para tanto.

- ¡¿Que no es para tanto?! O sea que tú y yo pagamos más dinero para que nuestros niños nazcan sanos y les compramos la mejor leche. Seguimos los consejos de los médicos y les ponemos todas las vacunas habidas y por haber. Pero ellas no, ellas piensan que con el pecho ya está todo hecho. Y encima alardean de sus tripas y de sus tetas, ¡las muy atrasadas!

Paula asintió. No quería seguir discutiendo. Pero cuando vio aquel bebé mamando feliz sintió una punzada de envidia. Clara se echó por fin su eructito y su madre la volvió a dejar en el capazo. La niña no rechistó.
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