Hoy hemos dormido bien y todo vuelve a brillar. Pero ayer tuve uno de esos momentos oscuros en los que tu vida te parece una pesadilla.
Dos noches atrás hizo un calor asfixiante. La vecina sorda tenía puesto Sálvame a todo volumen y sonaba igual que si hubiera una pelea multitudinaria en la calle. Así que además tuve que cerrar el balcón. Entre sudores, Leo me despertó como mínimo 10 veces. No pegué ojo, pero por la mañana me levanté con buen ánimo.
El día transcurrió sin más sobresaltos que los normales, salvo por la visita de mi suegra, que vino a quedarse un rato con el niño. Leo, que se olió que lo dejaba con la abuela- canguro, se cogió un choto de mucho cuidado. Casi no pude irme a trabajar, pobrecico mío...
Al llegar a casa de nuevo, casi por la noche, seguía de buen humor. Leo es agotador, está en plena época de rabietas y es muy trasto, pero todavía me quedaban algunas reservas de energía y pude poner en práctica todo mi arsenal de psicología positiva para serenar al niño. Incluso mi marido estaba contento e intercambiamos algunas bromas. Paz y armonía en el hogar.
Pero las horas pasan, mis párpados pesan más y más y Leo no se duerme. Casi nunca lo hace antes que su padre se vaya a dormir. Pero su papá estaba muy entretenido haciendo mil tareas de la casa perfectamente posponibles, y no hacía caso a mis ruegos para que se fuera a la cama. Cuando él está cansado, se va tranquilamente a las diez y media y aquí paz y después gloria. Pero ayer no le salía de los cojones.
Leo estaba cada vez más agotado y agotador, chillaba por cualquier cosa y a mí se me habían acabado las reservas.
Yo no espero que mi marido lo duerma, ni siquiera que lo entretenga. Ya sé que eso sería pedir demasiado.
Sólo le pedí que se fuera a la cama de una puta vez, ya ves tú qué trabajo más grande.
Pero no fue tan sencillo. Hubo bronca de por medio, niño que chilla, padre que por fin se va y madre que se derrumba. Era la una de la mañana. En cuanto su padre apagó la luz, Leo vino a mi regazo y se durmió.
Suerte que no sabe que estoy triste cuando lloro. En su bendita inocencia, se cree que me estoy riendo y se ríe conmigo.
En la oscuridad de la noche, con mis dos hombres dormidos, me sentí una desgraciada. Pero era mi cansancio infinito el que hablaba. Hoy, después de un sueño reparador, vuelvo a estar en paz con el mundo.
PD: Lo que todavía no sé es si volver a dirigirle la palabra al padre de la criatura. #€&%*{}