miércoles, 3 de noviembre de 2010

Con las manos en la masa


Tener un niño pequeño es a veces como vivir en una película de Buñuel: surrealista. El género depende: a veces es una comedia de enredos, a veces una tragedia clásica. La siguiente escena tiene un poco de todo.

Empezaré diciendo que a mí me encanta cocinar, aunque casi nunca lo hago. Me refiero a cocinar de verdad, no a freír pechugas o a cocer macarrones, que es lo que preparo habitualmente. Me gusta manchar muchos cacharros, hacer salsas, encender el horno, que la casa huela a comida casera... Cuando miro los catálogos de Ikea, no me fijo en los muebles. Yo sueño con tener una cocina enorme, con una ventana que dé a un jardín y una gran mesa de madera donde preparar pasteles y magdalenas con mis muchos hijos.

Hoy me he levantado con unas ganas locas de preparar albóndigas. No sé por qué, pero así es. Mi madre y mi suegra las hacen muy buenas, y como llevan tanto trabajo nunca me pongo a ello. Creo que sólo lo he hecho 3 veces en toda mi vida. Pero se me ha metido en la cabeza que a Leo le tenían que gustar si se las hacía pequeñitas y sin salsa, y tenía que intentarlo.

Ya en el supermercado he tenido la premonición de que no era una buena idea. Estaba en la fila de la carnicería, con sólo una señora delante. Parecía que aquello iba rápido, pero me equivocaba. La señora estaba preparando por lo visto las bodas de Caná. Cada vez que le decía la dependienta "¿Quiere algo más?", yo contenía la respiración. "Sí, póngame ahora un conejo cortado así y asá". Increíble. Me he tirado más de 20 minutos esperando como una idiota, todo por mi empeño en hacer albóndigas. Cuando la carnívora estaba pidiendo el estofado de pavo he estado a punto de irme. "No es buena idea. Olvídate de las puñeteras albóndigas. No te va a dar tiempo". De un manotazo mental he espantado a mi sexto sentido.

Con mi carne picada, pan bimbo y demás en la mochila, me he dirigido contenta como unas castañuelas a buscar al niño, que se había quedado mientras con los abuelos. Aún me he permitido el lujo de tomarme una coca cola en una terraza con ellos, aprovechando el veranillo de San Martín. En este punto debo aclarar que yo entro a trabajar a las cuatro y cuarto de la tarde, y que cuando por fin me he puesto en marcha hacia casa eran ya las dos.

"Bueno, tal vez no debería hacer hoy las albóndigas". La sensatez me ha durado un suspiro, y cuando he llegado a casa (a las dos y media) ya estaba otra vez deseando meterme en harina. Tal vez debería haber recapacitado cuando he visto que el niño estaba muerto de sueño (= impertinente, irritable), pero era demasiado tarde. El huevo estaba batido.

La verdad es que preparando la masa lo hemos pasado muy bien Leo y yo. Hemos pringado un poco todo, como en mis sueños de Ikea. Pero luego el niño se ha empeñado en tirar manzanas encima de la carne picada y ha comenzado el SHOW. Yo haciendo bolas y pasándolas por harina, con las manos hechas un cristo, y el chico venga a protestar y a pedir que lo cogiera en brazos.

En esto ha llegado su padre a casa. Eran ya las tres y diez y yo estaba a medio freír la comida (y medio frita) . Mi encantador marido ha puesto mala cara cuando ha visto el percal, pero ha hecho mutis por el foro y se ha metido a la ducha. Mientras, yo seguía con el niño en brazos, enganchado a la teta, dándole la vuelta a las albóndigas con la mano izquierda (¡splash!, venga a salpicar el aceite por todos lados...). En cuanto dejaba a Leo en el suelo se ponía a llorar como un loco (¿os he dicho que tenía sueño?). Así que, con gran dolor de brazos y de corazón, lo volvía a coger. Aún así, he conseguido acabar el guiso y he recogido mínimamente el desastre. Eran las tres y media.

Mi marido, limpio y reluciente, se ha sentado a la mesa y hemos comido el primer plato (gentileza de tupperware-mamá). Leo ha probado mis "pelotitas de chicha" y le han gustado. Cuando por fin me he puesto a servir las albóndigas con tomate de nosotros los adultos, y todo parecía por fin maravilloso, la cosa se ha vuelto a torcer. Después de ponerle su plato a Javi, me he ido a servir yo con tantas prisas (y ansias, tal vez), que el plato ha salido volando contra la encimera y se ha roto en mil pedazos. ¡Horror! Algunos trozos han caído de hecho en la cacerola de mis queridas albóndigas y mi marido pretendía que las tirara todas. ¡Después de lo que me han costado! "Mira que si te tragas un trozo de plato eso es peor que el cristal", decía él. "Me da igual, aunque reviente yo las pruebo..." Encima el niño se ha asustado con el estruendo y se ha puesto a llorar de nuevo, con lo que lo he tenido que coger en brazos mientras Javi limpiaba el suelo.

Entonces han empezado los reproches. "No tenías que haberte puesto a hacer albóndigas hoy, etcétera". Yo me he tragado la furia junto con mis albóndigas "a la porcelana", porque no tenía ya tiempo ni para discutir. Seguramente no le faltaba razón, pero no por eso resulta menos desconsiderado. Lo único que a él le ha salpicado de mi empeño "albondiguil" ha sido el plato roto, y eso realmente ha sido un daño colateral. Podría haberlo hecho igual sin haber cocinado nada. Cierto es que no he podido limpiar mucho la cocina y que ahora tendrá que hacerlo él por la tarde, y que con todo el follón no le he dejado el niño dormido sino despierto y de mala leche.

Pero yo he hecho mis albóndigas con toda mi cabezonería y con todo mi amor, he sido feliz haciéndolas a pesar de los obstáculos, y creo que además estaban muy buenas.

La conclusión de toda esta película es que resulta difícil hacer lo que te apetece cuando tienes un niño pequeño y demandante, pero que no es imposible. Lo que sí es ciencia ficción es que mi marido agradezca algún detalle y que aguante 24 horas sin hacerme ningún reproche.

6 comentarios:

Patricia dijo...

Pues a mi me parece muuy bien porque a Leo le das una comida nueva que le gusta y además, que si al niño le dejas despierto y no dormido como siempre, que el papá puede dormirlo también no?? que esto es cosa de dos!!

Belén dijo...

No puedo estar más de acuerdo con tu conclusión,.... ainssss.

Mamareciente dijo...

Cierto que es todo bastante complicado. Animo!

Eva dijo...

Ay Cristina, algún día te contare todo lo que me he reído leyendo este articulo. Muchas gracias por compartir estos momentazos albondigones!! Aunque soy fiel seguidora de tu blog, me alegro mucho de haber encontrado este articulo hoy, porque me ha servido para reirme como hacia tiempo que no lo hacia.
Bss!

Cristina dijo...

¡Cuánto me alegro, Eva! Hay pocas cosas más satisfactorias que hacer reír a alguien que aprecias. Un beso.

Anónimo dijo...

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